Ese día era uno de aquellos en los que no se podía quedar encerrada en la casa. El sol brillaba sobre la ciudad de una forma alegre, la primavera llenaba de aromas y colores los sentidos, la brisa corría y suavizaba el calor convirtiéndolo en una agradable frescura. La ventana estaba completamente abierta, y la introducía en la fuerte tentación de abrir la puerta y salir. Música traspasaba las cortinas y paredes, música venida desde alguna calle, o plazuela. Tambores, panderos, guitarras. Cantos alegres. Ella comenzó a sentir un hormigueo en sus pies y pronto en todo su cuerpo. Sin siquiera tomar un bolso, salió de la casa dispuesta a seguir los sonidos.
Corrió por un par de calles, totalmente desiertas, hasta llegar a la avenida central. Allí el panorama era caótico, como ella lo esperaba. Una multitud de gente tocando instrumentos, bailando y cantando entre risas. En sus manos tenían desde bombos hasta cucharas y tenedores. Algunos movían los brazos hacia arriba, lanzaban globos, miraban hacia el cielo y gritaban. Ella sonrió, y se adentró en la masa de gente alegre. No habían movimientos sincronizados, sin embargo, todos hacían lo mismo…reír y celebrar. Siempre se repetía la misma cantinela…
¡¡Jingoooooooooo!! ¡¡Jingo ba!!
Ella se sintió de pronto henchida de felicidad. No se preguntaba de dónde había venido toda esa gente, no le importaba. Comenzó a bailar y a repetir el cántico. Algunas personas la tomaron de las manos, y danzaron con ella, sin timidez alguna. Todos parecían ser amigos. Una jovencita vestida de blanco repartió flores en su cabello, y se marchó entre pasos de baile para entregarle flores a otro.
¡¡Jingooooooooo!! ¡¡Jingo ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!!
Las horas pasaban, pero tan sólo parecían segundos. La multitud, que ya abarcaba a toda la población de la ciudad, vibraba sin parar. Una helada llovizna empezó a caer sobre sus hirvientes cabezas, y cantaron aún más fuerte.
“Gracias a la lluvia”, pensó ella, estirando sus brazos para que ésta los mojara.
La melodía resultaba cada vez más improvisada, más llena de ritmos y sensaciones, pero el canto era el mismo.
¡¡Jingoooooooooooooooo!! ¡¡Jingo ba!!
Un grupo de mujeres de mediana edad, con vestidos largos y sueltos la rodearon, y entre carcajadas, la alzaron y la llevaron en andas, ante la sorpresa y la excitación de la chica. El corro de gente levantó sus manos y las movieron frenéticamente, gritando y haciendo muecas graciosas.
¡¡…ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!! ¡¡..ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!! ¡¡..ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!! ¡¡...ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!!...
De pronto, ella se sintió ligeramente mareada, y quiso bajarse, pero las mujeres la alzaban con fuerza. Los rostros de la gente cambiaron, y se tornaron ferozmente burlescos, casi diabólicos. Trató de empujar hacia abajo, pero no logró descender. La música se repetía con una velocidad alarmante, y la masa se distorsionaba. Comenzó a asustarse…¿qué demonios ocurría? Antes de que la multitud la lanzara a los cielos y luego la devorara, una fuerte mano sujetó su brazo, y la jaló hacia abajo. No alcanzó a pensar en nada, cuando ya estaba fuera de la agrupación casi siniestra, la cuál se alejaba al parecer sin darse cuenta que ella ya no estaba.
El cielo se había oscurecido, y estrellas sanguinarias brillaban, amenazando con caer e incendiar los edificios. La chica se fijó en que a su lado había un chico vestido con ropa suelta de colores fuertes, y pelo largo y despeinado, mirándola con expresión seria. No necesitó preguntarle si él la había sacado del baile bestial. Sabía que sí.
- Gracias... - murmuró, y el chico le sonrió levemente.
- No es nada - respondió con voz suave y pausada. - De todas maneras no podrían haberte hecho daño.
- ¿Por qué?
- Porque yo no lo hubiese querido -volvió a responder él, con el rostro serio otra vez. Tomó a la muchacha de la mano, indicándole una calle.- Ven, vamos.
- ¿Dónde? -se hallaba confusa y perdida, no reconocía el lugar en el que estaba. De pronto todo había cambiado, y ya no era de noche. Parecía que recién estuviese amaneciendo, en una ciudad de avenidas pintorescas. El misterioso joven no le respondió, y sin más, ella se dejó guiar. De repente comenzó a sentir mucho sueño, estaba realmente agotada. ¿A dónde la llevaría?
- Aquí -le contestó el chico a sus pensamientos. Con una mano le señaló una pequeña playa de arena…¿verde? Se frotó los ojos, para luego darse cuenta de que sí…la arena era extrañamente verde. Se convenció de que el cansancio estaba siendo travieso con su pobre cabeza. ¿Qué pasó con la recién vista ciudad?
El joven le soltó la mano, y corrió hacia la playa. Ella hizo lo mismo. Se sentaron, mirando hacia el tranquilo y azulado mar, y permanecieron en silencio durante unos minutos.
- ¿Quién eres? -preguntó sin rodeos la joven; la duda la carcomía por dentro-. ¿Dónde estamos? No entiendo nada.
- Eso es claro -dijo el muchacho con una sonrisa pícara.
- ¿Y bien?
- Sólo aprovecha que estamos aquí, y disfruta, tal como lo hiciste con la algarabía en las calles -sugirió él.
- Eso era bastante distinto...
- ¿Segura? - él la miró a los ojos, y ella sintió que le daba un escalofrío. Su mirada era oscura y potente, tanto que desvió el rostro, nerviosa.
- No, no lo estoy...no sé que hago aquí, y contigo -dijo ella- No debería haber salido de mi casa. Estoy perdida.
- No, no estás perdida. Sigues en tu camino, vives lo que tienes que vivir -explicó él, con sencillez.
- ¿Quién eres? -ella repitió la pregunta, sin asimilar lo anteriormente dicho por el muchacho.
Corrió por un par de calles, totalmente desiertas, hasta llegar a la avenida central. Allí el panorama era caótico, como ella lo esperaba. Una multitud de gente tocando instrumentos, bailando y cantando entre risas. En sus manos tenían desde bombos hasta cucharas y tenedores. Algunos movían los brazos hacia arriba, lanzaban globos, miraban hacia el cielo y gritaban. Ella sonrió, y se adentró en la masa de gente alegre. No habían movimientos sincronizados, sin embargo, todos hacían lo mismo…reír y celebrar. Siempre se repetía la misma cantinela…
¡¡Jingoooooooooo!! ¡¡Jingo ba!!
Ella se sintió de pronto henchida de felicidad. No se preguntaba de dónde había venido toda esa gente, no le importaba. Comenzó a bailar y a repetir el cántico. Algunas personas la tomaron de las manos, y danzaron con ella, sin timidez alguna. Todos parecían ser amigos. Una jovencita vestida de blanco repartió flores en su cabello, y se marchó entre pasos de baile para entregarle flores a otro.
¡¡Jingooooooooo!! ¡¡Jingo ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!!
Las horas pasaban, pero tan sólo parecían segundos. La multitud, que ya abarcaba a toda la población de la ciudad, vibraba sin parar. Una helada llovizna empezó a caer sobre sus hirvientes cabezas, y cantaron aún más fuerte.
“Gracias a la lluvia”, pensó ella, estirando sus brazos para que ésta los mojara.
La melodía resultaba cada vez más improvisada, más llena de ritmos y sensaciones, pero el canto era el mismo.
¡¡Jingoooooooooooooooo!! ¡¡Jingo ba!!
Un grupo de mujeres de mediana edad, con vestidos largos y sueltos la rodearon, y entre carcajadas, la alzaron y la llevaron en andas, ante la sorpresa y la excitación de la chica. El corro de gente levantó sus manos y las movieron frenéticamente, gritando y haciendo muecas graciosas.
¡¡…ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!! ¡¡..ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!! ¡¡..ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!! ¡¡...ba ba lo ba ba lo ba ba lo ba!!...
De pronto, ella se sintió ligeramente mareada, y quiso bajarse, pero las mujeres la alzaban con fuerza. Los rostros de la gente cambiaron, y se tornaron ferozmente burlescos, casi diabólicos. Trató de empujar hacia abajo, pero no logró descender. La música se repetía con una velocidad alarmante, y la masa se distorsionaba. Comenzó a asustarse…¿qué demonios ocurría? Antes de que la multitud la lanzara a los cielos y luego la devorara, una fuerte mano sujetó su brazo, y la jaló hacia abajo. No alcanzó a pensar en nada, cuando ya estaba fuera de la agrupación casi siniestra, la cuál se alejaba al parecer sin darse cuenta que ella ya no estaba.
El cielo se había oscurecido, y estrellas sanguinarias brillaban, amenazando con caer e incendiar los edificios. La chica se fijó en que a su lado había un chico vestido con ropa suelta de colores fuertes, y pelo largo y despeinado, mirándola con expresión seria. No necesitó preguntarle si él la había sacado del baile bestial. Sabía que sí.
- Gracias... - murmuró, y el chico le sonrió levemente.
- No es nada - respondió con voz suave y pausada. - De todas maneras no podrían haberte hecho daño.
- ¿Por qué?
- Porque yo no lo hubiese querido -volvió a responder él, con el rostro serio otra vez. Tomó a la muchacha de la mano, indicándole una calle.- Ven, vamos.
- ¿Dónde? -se hallaba confusa y perdida, no reconocía el lugar en el que estaba. De pronto todo había cambiado, y ya no era de noche. Parecía que recién estuviese amaneciendo, en una ciudad de avenidas pintorescas. El misterioso joven no le respondió, y sin más, ella se dejó guiar. De repente comenzó a sentir mucho sueño, estaba realmente agotada. ¿A dónde la llevaría?
- Aquí -le contestó el chico a sus pensamientos. Con una mano le señaló una pequeña playa de arena…¿verde? Se frotó los ojos, para luego darse cuenta de que sí…la arena era extrañamente verde. Se convenció de que el cansancio estaba siendo travieso con su pobre cabeza. ¿Qué pasó con la recién vista ciudad?
El joven le soltó la mano, y corrió hacia la playa. Ella hizo lo mismo. Se sentaron, mirando hacia el tranquilo y azulado mar, y permanecieron en silencio durante unos minutos.
- ¿Quién eres? -preguntó sin rodeos la joven; la duda la carcomía por dentro-. ¿Dónde estamos? No entiendo nada.
- Eso es claro -dijo el muchacho con una sonrisa pícara.
- ¿Y bien?
- Sólo aprovecha que estamos aquí, y disfruta, tal como lo hiciste con la algarabía en las calles -sugirió él.
- Eso era bastante distinto...
- ¿Segura? - él la miró a los ojos, y ella sintió que le daba un escalofrío. Su mirada era oscura y potente, tanto que desvió el rostro, nerviosa.
- No, no lo estoy...no sé que hago aquí, y contigo -dijo ella- No debería haber salido de mi casa. Estoy perdida.
- No, no estás perdida. Sigues en tu camino, vives lo que tienes que vivir -explicó él, con sencillez.
- ¿Quién eres? -ella repitió la pregunta, sin asimilar lo anteriormente dicho por el muchacho.

- Soy Jingo -respondió, encogiéndose de hombros.
Ella lo miró, sorprendida.
- ¿Jingo? ¿tú? Pero si...¡La multitud repetía tu nombre!
- Y tú al igual que todos -dijo Jingo.
- ¿Y por qué? ¿Quiénes eran ellos?
- Gente… solamente gente. -Jingo esbozó otra sonrisa, misteriosa.
- No entiendo...
- No entiendas. ¡Ah! Creo que el mar no nos quiere aquí, está enrojeciendo. ¡Vamos!
- ¡¿Qué?! -exclamó la chica, mirando a Jingo y al mar, repentinamente furioso y rojo sangre. Fuertes olas explotaban en la verdosa arena, e intentaban llegar hasta los dos jóvenes. El chico ya corría fuera del lugar, así que no tuvo más remedio que seguirlo. No pasó ni un minuto, y el paisaje había cambiado. Se encontraban en un saucedal, atravesado por un río de aguas cristalinas. Jingo estaba ya instalado en el césped, bajo uno de los sauces. Mascaba una manzana.
- ¿Oero qué…? -la joven estaba a punto de desmayarse. ¿Qué estaba pasando?
- Tranquila, ven y siéntate -la llamó el chico.
Se sentó junto a él, y el silencio reinó otra vez. El viento refrescó su cara, y el correr del río la calmó. Casi se quedaba dormida, cuando Jingo habló, tirando los restos de su manzana al agua cercana.
- Se me olvidó preguntarte tu nombre.
- Maureen -dijo ella, dando un respingo.
- ¡Hola, Maureen! -rió Jingo, haciendo un gesto de saludo. Ella soltó una suave carcajada.
- Qué loco eres -señaló Maureen, más relajada- pero sigo sin entender qué demonios hago aquí, contigo. ¿Eres brujo? Porque esto es demasiado raro. Todo cambia a tu paso, y aún no asimilo cómo.
- ¿Brujo? ¿yo? Creo que no.
- ¿Entonces? -la chica arqueó una ceja.
- Sólo soy yo, no necesitas saber más -dijo Jingo, simplemente.
- ¿Por qué me sacaste de la fiesta? -algo molesta por las constantes evasiones del chico respecto a su identidad.
- Porque estabas asustada. Si te asustas en una fiesta, lo más normal es que tengas que irte de ella.
- En un principio todo estaba muy bien, eran amables. Pero cambiaron, se volvieron agresivos. ¿Quiénes eran?
- Ya te dije, son sólo gente... -murmuró el joven, para luego comenzar a silbar despreocupadamente.
- ¡Dios! Siento que no llegamos a ningún lado...¿puedes devolverme a mi casa? -se exasperó Maureen. No le parecía gracioso tanto misterio, y ya comenzaba a bajarle una histeria repentina.
- ¿Tan luego?-se asombró Jingo.
- Sí -dijo ella decidida.
- Bueno, no hay problema. Pero ya te vi una vez. Eso significa que te veré una segunda vez, y una tercera. Quizás una cuarta -sonrió el chico, con expresión traviesa.
- No lo creo -negó Maureen, bostezando.
- Si te lo digo es por algo. Ves a Jingo una vez, y lo verás toda tu vida -insistió el muchacho.
- Como quieras, sólo sácame de aquí. Estoy cansada... -dijo Maureen, sintiéndose más adormilada que antes. Parecía como si una tremenda capa de sueño hubiera caído sobre ella, y apenas podía distinguir el paisaje, y el alegre rostro de Jingo. En una centésima de segundo no podía abrir los ojos. Se sentía muy abochornada. Sólo deseaba que Jingo y sus veloces distorsiones desaparecieran ya. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que lo viera? ¿5 minutos?..¿10 minutos? ¿2? ¿cuánto? Ah, ya no importaba. Todo debía ser un sueño, o algo casi cercano a una pesadilla con tintes de alegría. Se sumergió en el sopor, y no supo nada más.


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